Wednesday, August 16, 2006

De abuelitas

Cuando era niño tenía la mala costumbre de agarrarme los huevos, o las bolsas como decían allá en mi Paita natal. Mi abuelita me "resondraba" y más de una vez me endilgó un sopapo en las manos para que erradicara tan repudiable costumbre reñida con el pudor de ese puerto. Yo comenzaba a ir a la iglesia y también comenzaba a internalizar los sentimientos de culpa asociados a la religión de Cristo. Por ello me sentí muy mal cuando el párroco me riñó porque mi mamá le dijo que yo me portaba mal con mi abuelita. Yo lloré. Y para expiar mi pecado, llegué a la casa de la avenida independencia de Paita y en una calurosa tarde de verano traté de congraciarme con la bondadosa madre de mi madre. A pesar de que mis deditos aún no terminaban de aprender a manipular los objetos de la cocina me las ingenié para cortar unos limones, exprimirlos y mezclarlos con agua y azúcar. Hice pues mi primera limonada. Corriendo fui a buscar a mi abuelita para ofrecerle el refresco en señal de arrepentimiento y de perdón. "Abuelita María, tenga esta limonada que yo he preparado" - le dije llevando el vaso hacia su cara. Me miró con su típico rostro de mujer porteña que se las sabe todas y nadie puede engañar y me espetó: "!Yo no quiero limonada hecha con manos de bolsas!

Monday, July 17, 2006

La Ley de la Lagartija (III)

Es día viernes y no hay exámenes ni controles de lectura en la mira. "Hay que olvidarse de la huelga y Dante que se vaya a su infierno" – dice Nico. Llegan a la pensión estudiantil. Fernando Montero como de costumbre sugiere ir a ver una porno en trasnoche para calmar los ánimos. A Nico no le gustan esas películas "porque denigran la condición de la mujer y fomentan el machismo". "No me digas que hasta te has comprado el discurso feminista, Nicolás" – responde Fernando jalándose los pelos parados con la ayuda de la seborrea. Se coge la anárquica barba rojiza y trata de sacudir los restos de caspa y de migajas de pan que se resisten a ser expulsados. "Olvídate por un rato de transformar el mundo Nicolás. Relájate hombre". Esperan que se haga más de noche para salir a uno de esos cines que pasan películas exclusivamente para adultos. Fernando Montero se va preparando. Hace 20 series de 50 planchas. Se mira en el espejo, endurece los pectorales, se huele las axilas y se gusta más de sí mismo. Pone música salsa a todo volumen porque siente que el ritmo caribeño es el mejor afrodisiaco. Toma vitaminas, dos cajas de leche, tres cucharadas de algarrobina y, aunque sus amigos disputen la veracidad de este aserto, se baña. Se corre la paja mientras se jabona. "Me aseguro por si acaso la película no esté tan buena" – se justifica. Sale del baño, se pone una camisa de franela y una casaca como si estuviera en el invierno siberiano; estrena el cuarto par de botas de militar que sus padres le han comprado en lo que va del año y se une a Nico y Lizardo. Toman un taxi entre los tres. En el trayecto Fernando hace votos para que la película no sea italiana, pues "los italianos por andar con tanta comicidad pierden de vista el objetivo fundamental y al final terminan haciendo una payasada seudo erótica". Llegan al cine. Horror y tragedia para Fernando. No hay hoy película de trasnoche. El rollo de "garganta profunda" está roto. "Felizmente que me aseguré" – alcanza a decir Fernando. En reemplazo están exhibiendo la película nacional "Maruja en el infierno". Nico sugiere verla. Fernando acepta a regañadientes y se duerme en la primera mitad de la película en señal de protesta. Se despierta cuando en su sueño se filtra un gemido de Maruja. Está desnuda junto a un galán famélico en un criadero clandestino de puercos. Fernando también se prepara. Se baja el cierre, se desabrocha la correa y se desabotona el pantalón. La hebilla de la correa choca con el suelo y produce un cadencioso sonido que se acelera al ritmo de la escena que sus alterados ojos legañosos observan como si fuera un instante de la extrañada "garganta profunda". "!Conchesumadre!" – grita Fernando adolorido como si a un perro le hubieran despojado de su hueso. Se corta la película y encienden las luces. Luce tembloroso y asustado. Nico y Lizardo observan que Fernando está con el pantalón abierto y una de las lunas de sus anteojos es opacada por una sustancia blanquecina. Se ríen a carcajadas. "!Pajero!" – le dicen con sorna. "No sean güevones," – se justifica otra vez Fernando – "estoy con el pantalón abierto porque he comido mucho y estos asientos son muy incómodos". Llegan el lunes a la Universidad. Se observa que ya ha decaído el ánimo huelguístico. Los trabajadores de la mayor parte de las facultades están asistiendo con normalidad a sus labores y, salvo en Sociales, los alumnos están más preocupados por sus clases. Nico, Lizardo y Fernando están en la rotonda de Derecho comentando la película. El fin de semana Nico ha leído la novela en la que está basada la película e ilustra a sus compañeros: "Congrains es uno los principales novelistas urbanos que tenemos. Él aborda la temática de los sectores marginales compuestos por esos hombres y mujeres que, forzados a migrar del campo a la ciudad a causa de la pobreza del agro y la presión demográfica, se ven obligados a sobrevivir en una urbe que lleva a gran parte de sus habitantes a existir en condiciones infrahumanas. Es la lógica inflexible del capital que arroja a los infiernos de las megalópolis modernas a quienes no le sirven. Es el darwinismo social de un sistema en el que los no aptos están condenados a perecer o envilecerse en la marginalidad". Lo interrumpe Fernando. "Ya déjate de tantos intelectualismos Nicolás. A mí lo que más me sorprendió es el culo de Maruja. Está buena esa hembra a pesar de aparecer en la película en medio de chanchos, basura y delincuentes. ¿Y qué me dices de la actuación de Elmira Traverso, la primera dama del cine nacional, en el papel de proxeneta? ¿No crees que se les pasó la mano en esa escena cuando aparece teniendo relaciones sexuales con el negro caficho?" . "!Contigo no se puede hablar más que de sexo!" – replica Nicolás enfadado – "tu tienes una pinga metida en el cerebro Fernando. Te fijas sólo en detalles accesorios y no observas el real significado artístico y sociológico de la película". "No es para tanto Nicolás" – trata de calmar los ánimos Lizardo – "la película tiene muchas facetas para comentar". "Esta bien" – acepta Nicolás – "pero no puedo tolerar que deslice un comentario racista por el hecho de que en la película salga un hombre afro americano en relaciones amatorias con la señora Elmira Traverso, la primera dama del cine nacional". Fernando pide disculpas. "Nico, tu sabes bien que el racismo es una de las lacras que más repugnancia me causa, así que por favor te pido que no encuentres ningún tono de discriminación a la raza negra en lo que he dicho. Lo que pasa es que me sorprendió que esa señora tan respetable, que ya debe estar bordeando los 60 años, con la cara arrugada, las tetas moreteadas y las piernas llenas de várices sea expuesta a la vergüenza pública y poniendo por los suelos sus 40 años de vida artística". Llega Ricardo Bozzo con la espada desenvainada. Espera que en el grupo se siga hablando de la marcha para reanudar el torneo ideológico. No escucha ya palabras que suenen a paros y movilizaciones. De inmediato se entera de que lo que ronda en el ambiente es el popular film nacional. "Ah están hablando de Maruja en el infierno" – se apura en meter su cuchara. "¡Qué horror de película!. Cómo pueden hacer esos bodrios en este país. Es uno más de los signos de degeneración que se perciben en los últimos tiempos. Por eso es que urge más que nunca el orden y la disciplina para rescatar los valores, la moral y sacar el país adelante". "Uy Ricardo, ya comienzas otra vez con tu discurso fascistoide" – lo interrumpe Nico – "por qué no miras por una sola vez con realismo lo que pasa en nuestra nación y no con ojos decimonónicos". La provocación enciende nuevamente el natural ánimo polémico de Ricardo. "Cómo me puedes pedir que observe las cosas con tu versión sesgada del realismo, es decir con complicidad, cuando se publicita a los cuatro vientos una película cuyo único mérito, entre comillas, es sacar una escena en la que Elmira Traverso, la primera dama del cine nacional, sale revolcándose con un negro". Todos se callan y dejan a Ricardo con la palabra en la boca. Ricardo trata de pedir disculpas. Se embarra más. "Espera Nicolás no quise ofenderte. Tú bien sabes que no todos los negros son iguales. Ese negro que sale en la película es un proxeneta, un tratante de blancas, un animal. Tú no estás en esa categoría". "Ricardo – responde Nico con una sonrisa arrancada a la fuerza – "descansa hombre; tú no eres imbécil, no trates de parecerlo". Se alejan todos de Ricardo. Almuerzan en el comedor universitario y siguen comentando las escenas de Maruja en el Infierno. Fernando insiste nuevamente en su tema favorito y en la escena erótica de la primera dama del cine nacional. Nico ya no se molesta. Ríe cuando Fernando recuerda la sentencia de Elvira Traverso respecto al futuro comportamiento puteril de Maruja: "Es la ley de la lagartija: puta la madre, puta la hija".

La Ley de la Lagartija (II)

Nico y Lizardo son algunos de los pocos estudiantes de Derecho que se han unido a la marcha. Se sienten un poco extraños en el grupo. Nunca han gritado consignas. Nunca han ido más allá de unirse al coro de rechiflas a un político de derecha invitado a un debate en la Universidad. La marcha va avanzando lentamente. En el trayecto se une al grupo un contingente de estudiantes de la Universidad estatal. A partir de entonces los gritos y estribillos comienzan a sonar con mayor vigor. "!!Solución al pliego de demandas de la Universidad!!" – corean todos al unísono. Nico y Lizardo se ponen nerviosos cuando perciben que al ingresar de lleno a las avenidas principales los pasos de los marchantes comienzan a ser seguidos de cerca por los policías armados con la indumentaria y utensilios de rigor para romper manifestaciones, tal como hasta ese entonces sólo lo han visto por televisión. La marcha está a escasos metros de la sede del Ministerio de Trabajo, pero es obligada a detenerse por un cordón policial. Se escuchan marciales intercambios de palabras entre Ezequiel Mamani y el Mayor Alfredo Martínez, jefe de la unidad policial encargada de la protección del Ministerio. "Tenemos autorización de la Prefectura para llevar a cabo esta marcha" – no se cansa de repetir el dirigente sindical. "Nuestra misión es impedir que se altere el orden público. Les solicito por favor que pongan fin a esta marcha" – implora el Mayor con inusuales modales democráticos. Ni unos ni otros dan un paso atrás. Dos mujeres que nunca habían sido vistas por Nico y Lizardo en sus predios universitarios, desde ninguna parte, se escabullen y rompen el cerco policial. Se inicia el desbarajuste. El Mayor Martínez se queda con la palabra en la boca y sus subalternos no saben si ya pueden empezar a usar los palos y las bombas lacrimógenas. En pocos segundos los marchantes avanzan sin cesar hasta casi tocar las puertas del Ministerio de Trabajo. De pronto las mujeres que rompieron el cerco se encuentran con una muralla adicional. Ante ellas está colocada una vetusta tanqueta que conserva algunos restos de la pintura verde que alguna vez cubrió enteramente su blindaje. Desde adentro de ella se escucha una voz deformada por un micrófono mil veces remendado: "!Señoritas no obstruyan el paso pues de lo contrario sufrirán las consecuencias!". Las muchachas se imaginan estar en Mayo del 68. El conductor de la tanqueta no se atreve a avanzar y después de pocos segundos el resto de los estudiantes y los trabajadores han terminado de rebasar el último bastión de la defensa policial. Las estudiantes son tomadas como heroínas. Comienzan los estribillos y cánticos al pie del Ministerio de Trabajo. "Exigimos el cumplimiento de nuestro pliego de reivindicaciones laborales a lo cual se comprometió la patronal en documento refrendado por la autoridad de trabajo" – declara Ezequiel Mamani ante las cámaras de televisión. Johny Fritze y los dirigentes de la Universidad privada son opacados por los líderes estudiantiles de la Universidad estatal más diestros en estos menesteres.
Pasan los minutos. El estancamiento y el calor otoñal encrespan aún más a los actores. El Mayor Martínez, sobreponiéndose a la humillación, informa que el Subdirector de Negociaciones Colectivas del Ministerio de Trabajo puede recibir y dialogar con el dirigente laboral. "!Cómo es posible que nos quieran mecer de esa manera!" – contesta con amargura Ezequiel Mamani. "Nosotros queremos que nos reciba el Ministro, no hemos venido a dialogar con un funcionario de menor nivel que de seguro va a tirar al tacho de la basura nuestro reclamo". El dirigente improvisa un mitin ante la concurrencia y denuncia el ánimo dilatorio de la burocracia del Ministerio de Trabajo. De pronto es interrumpido, le entregan un mensaje del propio Ministro. "Mi despacho está haciendo las coordinaciones del caso con el Ministerio de Economía para aumentar las partidas estatales de subsidio a la Universidad privada y, de esa forma, atender los reclamos que hoy han planteado sus trabajadores". "Estas son nuevas engañifas, cosas como esas vienen diciendo desde hace tiempo a todas las Universidades privadas y públicas" – se apura en señalar Pedro Cajahuaringa, líder de la Federación Nacional de Estudiantes Universitarios. "Si dicen que es un problema que le compete resolver en última instancia al Ministerio de Economía, pues vayamos al Ministerio de Economía a exigir que se solucionen todos los pliegos de los trabajadores universitarios".
"!Al Ministerio de Economía!" – grita la masa enfervorizada. Nico dice a Lizardo: "¿Qué crees, no abrimos ahora o seguimos?". "Tal vez sea mejor abrirnos pues esto ya está escapando de los marcos iniciales" – responde Lizardo temeroso. Dante Cánepa escucha la conversación: "!Compañeros, qué falta de consecuencia! Pensar en abandonar el barco cuando va en pos de realizar el combate más importante no se condice con el espíritu revolucionario". "No es que seamos cobardes" – se esmera en explicar Lizardo – "pero es que nosotros no tenemos experiencia en esto de marchas y luchas contra carros rompe manifestaciones y bombas lacrimógenas y, además, el espíritu inicial de la marcha, el apoyo a los trabajadores de nuestra Universidad ha cambiado. Nosotros ya ni reconocemos al ochenta por ciento de personas que están presentes en el grupo". "!Pamplinas!" – lo corta Dante Cánepa con inesperada agresividad. "Los verdaderos revolucionarios son los que no se quedan en los debates dentro de la caja de cristal que es una Universidad burguesa como la nuestra; ellos salen a las calles a dar la cara y combatir en forma directa a la reacción. Karl Marx dijo que hasta ahora los filósofos sólo se han preocupado de entender el mundo, cuando de lo que se trata es de transformarlo. Entonces, pues, demos el ejemplo y pasemos de las palabras a los hechos, ¡al combate revolucionario, carajo!". Nico y Lizardo se asustan al ver el rostro cada vez más ardiente de Dante, con sus pecas volcánicas resaltando sobre una frente sudorosa y sus ojos encendidos como cráteres a punto de vomitar fuego. Se quedan en silencio y siguen mecánicamente a los marchantes.
Ya están a una cuadra del Ministerio de Economía. Nuevamente son detenidos por un cordón policial. Llegan tres carros portatropas, dos tanquetas y un vehículo lanzador de agua al que conocen como "rochabús". De los carros, que llevan la inscripción "Unidad de Operaciones Especiales", salen una treintena de individuos protegidos por chalecos antibalas, escudos de plástico y máscaras antigás. Ya no es con el Mayor Martínez con quien hay que dialogar. Tampoco hay nada que dialogar. Su lugar y sus modales son ocupados por el Coronel Julio Barbadillo. "!Si no terminan ahora mismo esta manifestación les vamos a meter palo en el culo!" – vocifera. "Señor oficial esta es sólo una manifestación pacífica, no estamos alterando el orden público. Sólo queremos que el Ministro nos escuche" – replica una de las pocas estudiantes de Artes Plásticas que aún quedan. No se conmueve el Coronel Barbadillo. Ajusta el descolorido marco de sus gafas de sol rayban, abre la boca de par en par como si quisiera que el sol hiciera brillar sus muelas de oro delanteras y su garganta expulsa como incontenible huayco un amedrentador vozarrón afroamericano. "!Por última vez les digo, carajo, que si no se van ahora mismo les vamos a partir el culo a palos!". Nico y Lizardo se asustan al observar la determinación del Coronel Barbadillo. "No creo que ni siquiera tendrá en consideración que eres su medio hermano de raza" - bromea Lizardo. "Ahora sí definitivamente nos abrimos. Esto no es con nosotros" – sentencia Nico cuando el miedo deja atrás el espíritu contestatario. "Muchachos no se asusten" – se apura en decir Dante Cánepa para aplacar los temores de los manifestantes amateurs. "Siempre es así. Hay que saber dar la lucha y no correrse. La primera vez cuesta pero el verdadero revolucionario pronto se va curtiendo. La represión es como un tigre de papel, decía Mao. El revolucionario, en cambio, es como el tigre que sólo retrocede para saltar, creo que dijo Lenin. Animo pues y no se mariconeen ahora. Yo siempre estaré detrás de ustedes. Si tiran bombas lacrimógenas, pónganse un pañuelo mojado en la nariz. Para la próxima vez traigan vinagre o una cebolla. También dicen que el orín de uno mismo contrarresta el efecto del gas".
Las estudiantes que se pararon frente a la tanqueta del Ministerio de Trabajo pretenden repetir la maniobra. De inmediato se les viene encima el "rochabús". Un rígido chorro de agua cae sobre sus cuerpos y las saca violentamente de su ubicación frente a la tanqueta. Intentan pararse para desafiar otra vez al carro blindado. Dos hombres del Coronel Barbadillo no les dan tiempo para recuperarse y terminan de despejar el camino. Las jalan de los cabellos, las arrastran y las meten a la fuerza en otro vehículo blindado. "!Maricones!, !cobardes!" – dan su último grito los manifestantes que se han quedado en la primera línea. Avanzan hacia ellos los hombres uniformados a la manera de una serie de ciencia ficción. Barbadillo ordena. Caen las primeras bombas lacrimógenas. "!No corran muchachos. Mantengan el orden!" – pide Dante Cánepa. Nico y Lizardo tosen y lloran. Los ojos chinos de Nico están completamente cerrados. Las lágrimas y el humo lo dejan paralizado. Lizardo se protege con un pañuelo pero con sus ojos miopes y sus gafas nubladas apenas logra diferenciar el inconfundible corte africanlook de la cabeza de Nico. Al aclararse la atmósfera ven que se les vienen encima cinco de los pequeños gladiadores de la guerra de las galaxias. Miran para atrás. "¿Dante? ¿Y dónde se fue este conchesumadre?" – dice Nico llenándose la boca de una baba pegajosa y lanzando un sonoro escupitajo. Ya casi no pueden mirar hacia el edificio del Ministerio de Economía. Detrás de las máscaras que cubren los rostros de sus perseguidores ni siquiera pueden diferenciar el típico pliegue mongoloide de sus ojos. Ya no les parecen policías de fabricación nacional. El palo represor no da en el blanco. Sólo roza la espalda de Nico. "!Saquemos culo!" – grita Lizardo. Corren y corren. No miran hacia atrás. El abandono de Dante y el olor lacrimógeno se impregnan en sus paladares y en sus corazones que laten como si estuvieran a punto de ingresar a la arena del circo romano. Llegan al barrio chino. Se detienen. Por primera vez miran hacia atrás después de un siglo. Reparan en que hacía otro siglo que nadie los perseguía y que los soldaditos de la guerra de las galaxias tal vez ni siquiera corrieron un metro detrás de ellos.
"Ese Dante es una lagartija, una lagartija" – dice Nico suspirando y apenas pudiendo detener las náuseas a la altura de la garganta. Lo reconoce Felipe Chung, el primo hermano de su papá. "¿Qué haces pol acá Nicolás?¿Acaso no debelías estal estudiando muchacho?". Se entera de lo sucedido y se ríe a la usanza oriental. "En veldad que es una lagaltija ese tu amigo Dante" – concluye el tío Felipe adoptando un no solicitado papel de maestro budista frente al discípulo. Más puede la compasión que su inveterada tacañería. Los invita a comer a su restaurante aunque sólo fuera para consumir el menú del día. Lizardo arrasa con la sopa wantán, el arroz chaufa y el tallarín taypá. Nico sólo prueba un bocado de la gallina chijaukay. Tira la cuchara hacia el medio de la mesa. "¿Tío de qué es esta carne?" - pregunta como si nunca hubiera comido ese plato que tanto le gusta. "De qué va a sel soblino, su mismo nombre lo dice, gallina chijaukay" – responde el tío Felipe ofendido. "Como tu padle se ha casado con negla ya te has olvidado de la comida china. Segulo que en tu casa sólo comen flejoles, tacu-tacu, tamales y otras comidas de neglos". "Dicen que los chinos comen perros, felinos, roedores, reptiles y todo lo que se mueve" – dice Lizardo en solidaridad con Nico y de inmediato deja de comer. A Nico la gallina chijaukay le sabe a lagartija.

La Ley de la Lagartija (I)

"¡La Federación de Estudiantes Universitarios se ha sumado al paro en apoyo de los trabajadores de la Universidad!" – dice Nico abriendo más sus ojos achinados y tapándose con una de sus manos morenas su cabeza poblada de cabellos ensortijados para protegerse de los inusuales rayos del sol de mayo que hacen arder la rotonda de la inconclusa Facultad de Derecho. Desde hace tres semanas la Universidad no funciona normalmente por el paro general decretado por los trabajadores en demanda de mejores condiciones laborales. La Facultad de Ciencias Sociales es la más entusiasta en el apoyo, tanto de maestros y de alumnos, a "las justas demandas de la clase trabajadora". Las Facultades de Ciencias Naturales, tradicionalmente inermes al virus de la acción política que afecta a sus colegas de Letras, no han tenido esta vez más remedio que suspender sus clases. Sin trabajadores que abran las aulas y hagan la limpieza no están dadas las condiciones para que números y fórmulas sean adecuadamente procesados y digeridos. Las muchachas de Artes Plásticas acuden con mayor regularidad al campus universitario que en los días normales de clases, pero no para aburrirse escuchando a sus profesores sino para compartir el disfrute de la rebelión. Es una oportunidad inmejorable para contar con una fuente de inspiración para diseñar sus gráficos, acuarelas y esculturas que serán expuestos en la muestra colectiva de fin de año. Los de Derecho, en cambio, están en su mayoría en contra de la huelga. Dicen que los juristas por la naturaleza misma de su objeto de estudio tienden a defender el sistema de cosas. Pero Nico no está de acuerdo con esa estrecha visión del Derecho.
"El Derecho puede ser un instrumento fundamental para propiciar el cambio social, no necesariamente tiene que ser reaccionario" – dice Nico refutando a Dante Cánepa uno de sus amigos rábanos de Sociales que se ha infiltrado en la rotonda. "El derecho no es más que una superestructura impuesta por la clase dominante para justificar su dominio. No hay vuelta que darle. Así lo dicen los clásicos, y por eso es que esta facultad está llena de reaccionarios" – replica el amigo de Nico. Nico no se resiste a aceptar que a los abogados no les toca jugar ningún papel en el movimiento revolucionario. Insiste: "Ya ves que aquí hemos formado un taller con estudiantes progresistas en el que debatimos los temas jurídicos desde una perspectiva contestataria. Ahora los tiempos han cambiado. Antes esta facultad no daba ningún espacio para la reflexión crítica acerca del sistema imperante. Hoy se aceptan otras escuelas jurídicas y a tratadistas cuestionadores del status quo. Por eso ahora estamos haciendo esta sesión plenaria con los trabajadores de la Universidad para decidir si esta facultad se suma también al paro, tal como lo han hecho otras facultades y la propia federación universitaria. Yo soy optimista".
El amigo de Nico se aleja. Los oradores están por empezar sus discursos en pro o en contra de la huelga. Llega Ricardo Bozzo . Como de costumbre amable y deseoso de mostrar su erudición. Acaba de estar en la imprenta en donde le han entregado mil unidades del calendario de bolsillo que en el reverso lleva la imagen del Duce y la inscripción: "Dios, Patria, Familia y Propiedad Privada". Le regala un calendario a Nico. Nico se ríe y le comenta: "¿Cómo es posible que una persona tan inteligente y culta como tú, Ricardo, pueda no solamente simpatizar con el fascismo sino que, además, se vuelva un vulgar propagandista de esta corriente de pensamiento que ha sido sepultada en el basurero de la historia?" "¿Cómo es posible" – replica Ricardo – "que una persona de extracción popular como tú, descendiente de los esclavos africanos y de los chinos culíes, injustamente maltratados en las explotaciones guaneras, simpatice con una doctrina materialista y atea como la marxista que, entre otras cosas, es el fundamento del régimen estalinista?". Sin que ninguno de los dos tenga tiempo para responder las preguntas cruzadas empieza la rueda de oradores.
"Comprendemos que los trabajadores tienen expectativas para el mejoramiento de sus condiciones laborales" – dice José Torres, el representante del Tercio Estudiantil de la facultad de Derecho – "y, como estudiantes de leyes que somos, sabemos que la huelga es un derecho laboral incorporado en la legislación de todos los países democráticos y está consagrado en nuestra constitución. En los países comunistas en cambio, que inspiran las reclamaciones del Sindicato de Trabajadores y de la dirigencia de izquierda de la Federación de Estudiantes, los trabajadores no tienen ningún derecho a la protesta. Los que ahora apoyan entusiastamente esta huelga o son hipócritas o son ingenuos. Si estuvieran en un paraíso socialista no tendrían ni siquiera el derecho a la pataleta. Por último, estamos hartos de huelgas y manifestaciones. Hemos venido a la Universidad a formarnos como abogados, hombres de leyes, para contribuir después al desarrollo de nuestra nación, no para perder el tiempo en ventilar reclamos laborales y realizar paralizaciones. Las revueltas estudiantiles ya pasaron de moda, ahora nos toca estudiar y prepararnos para servir mejor al país. Hay algunos colegas que aún se siguen guiando por el absurdo planteamiento de mayo del 68 que decía ´seamos realistas pidamos lo imposible´. Pero aquí en Derecho les decimos que la política es el arte de lo posible y no el espacio para sueños y aventuras utópicas, más aún cuando la realidad muestra que los comunistas, cuando tienen poder, son los más grandes opresores del pueblo".
"!Facho de mierda!" – murmura Nico. Ricardo Bozzo responde con una sonrisa de oreja a oreja y aplaude rabiosamente sumándose a la mayoría de los estudiantes presentes. "Es verdad" – dice Ricardo – "la izquierda es hipócrita, en Polonia los trabajadores han debido soportar una dura represión a raíz de las huelgas y otras formas de lucha que han desarrollado para oponerse a la tiranía comunista y aquí los rojos nos quieren contar cuentos". "Te vi el otro día por la televisión saltando como salvaje ante la Embajada de Polonia" – replica Nico. "¿No te dabas cuenta de que la mayoría de manifestantes no eran fachos sino troskos desencantados con el socialismo soviético?". "No me importa lo que hagan los troskos" –insiste Ricardo. "Allá ellos con sus controversias marxistoides y su revolución permanente, que yo llamo mejor involución permanente. Lo importante para nosotros era expresar nuestra solidaridad con Solidaridad y desenmascarar a los rábanos de aquí que quieren que nuestro país se convierta en una más de esas mal llamadas democracias populares".
"Los estudiantes universitarios – dice Johny Fritze, Presidente de la Federación de Estudiantes, dirigiéndose a la concurrencia - no podemos encerrarnos en una caja de cristal y permanecer ajenos a lo que sucede en el entorno nacional y social. La palabra misma lo dice, Universidad evoca universalidad y, en un país como el nuestro atravesado por diferentes injusticias sociales que están en la raíz del subdesarrollo, esa universalidad implica el deber de preocuparse por dar solución a un problema que afecta a nuestros hermanos trabajadores y, asimismo, manifestarles nuestra solidaridad. Una verdadera solidaridad, compañeros, aquí, ahora y para nuestra gente y que nada tiene que ver con contextos lejanos y ajenos a nuestra realidad. Una solidaridad, compañeros, desinteresada y sin ninguna vinculación con cálculos políticos subalternos y más bien conectada a valores tan elementales como la caridad y la justicia que están en la base misma de la doctrina cristiana que esta Universidad dice representar".
"¡Cállate rojo de mierda, ateo!" – lo interrumpe una voz bronca desde uno de los costados. Sobreviene el desorden. Por unos segundos parece que la reunión no va a poder continuar. Mónica Cassareto, la mejor alumna del curso de Teología del Derecho, se impone sobre las demás voces: "Tú no puedes ampararte en Cristo para justificar que los estudiantes debamos darles el apoyo. El materialismo que ustedes propagan se basa en la lucha de clases y no en la concordia y la armonía conforme a las enseñanzas de Jesucristo. Ese mismo materialismo, además, descansa en una filosofía que cuestiona la existencia de Dios y que, como dice el padre Donatello, considera el pensamiento y el espíritu como meras excrecencias del cerebro. Por tanto, sé más sincero y simplemente di que lo que los lleva a tratar de movilizar a los estudiantes es su ansia de figuración o eso que Nietzche llama la voluntad de poder. ¡Sí señores la voluntad de poder es lo único que los mueve!".
Una cerrada ovación sigue a las palabras de Mónica. Ricardo Bozzo contiene sus ansias de orinar, se pone tan rojo como su padre italiano cuando cuenta las ganancias de su panadería y le da un codazo a Nico. "Ya ves Nico aquí en Derecho los rojos no tienen cabida. Esto no es Ciencias Sociales. Aquí no nos pueden dar gato por liebre". "A esa puta lo único que le hace falta es pinga y por eso es que descarga toda esa retahíla de sandeces" – replica Nico . "!No hombre, así no se juega!" – grita Ricardo sintiendo como si hubieran tocado a su propia hermana. "No hables así de una mujer, Nicolás. No pierdas los papeles. Entiende de una vez por todas que los rojos como quiera que se presenten siempre se comportan como lagartijas. Se hacen pasar como si fueran verdes y mansos, pero por dentro son rojos y manipuladores y al final siempre terminan corriéndose y dándote un latigazo con su rabo. Tu no debes dejar que te engatusen". "!Bah!" - responde Nico con una sonrisa condescendiente y ajustándose los anteojos redondos que le dan un aire intelectual. "Mira Ricardo, creo que nunca has visto de cerca una lagartija en tu vida como para hablar de su comportamiento, y en todo caso si nos vamos a poner a hacer comparaciones con los reptiles de hoy y sus ancestros, esa tal Mónica y los que defienden ese pensamiento católico ultramontano y neofascista que tú también compartes no llegan siquiera al nivel de un animalito tan humilde e indefenso como la lagartija. Son más bien auténticos dinosaurios. Sí Ricardo, dinosaurios, dinosaurios que siguen apegados a la defensa de un orden caduco que hace agua por todos lados".
"Señores les ruego que por favor mantengan la compostura" – dice el moderador - "como corresponde a quienes seguimos una carrera en la que el diálogo, la negociación y la aproximación de posiciones constituyen unos de sus componentes fundamentales". Retoma el uso de la palabra Johny Fritze. "Compañeros". Vuelve a ser interrumpido. Ricardo Bozzo pide la palabra solamente para hacer una precisión. Johny se la concede. "Con el respeto que me mereces Johny, debo exigirte que no te refieras a este auditorio anteponiendo la palabra "compañeros". Esa es una palabra propia de la jerigonza comunistoide. Y tu sabes bien que la gran mayoría de estudiantes de esta facultad no compartimos la ideología materialista y atea". "Está bien Ricardo" – dice Johny con un tono conciliador – "en vez de compañeros voy a decir colegas, estudiantes o amigos. Pero quiero, además, señalar a ti y a todos los presentes que no es menester que ahora nos empantanemos en discusiones de corte teológico o filosófico. Bástame decir que en la Federación de Estudiantes no existe una única línea de pensamiento político o una sola perspectiva filosófica. Además, entre los compañeros, perdón, los estudiantes que mantienen una posición crítica también hay cristianos. Muchos cristianos asumen hoy que el paraíso comienza en la tierra y que por tanto hay que aunar esfuerzos para impedir que subsistan las injusticias que se oponen al plan de Dios. Pero bueno, no nos vayamos por la tangente. Repito una vez más que es un deber de todos los estudiantes brindar el apoyo solidario a los trabajadores en su justa reivindicación".
A estas alturas ya dan las 12 de la mañana. El padre Donatello, uno de los pocos profesores que no ha alterado un ápice su jornada de trabajo manteniendo incólume el horario en que dicta el curso de Teología del Derecho, a pesar de la huelga, comienza a tomar lista. Muchos estudiantes abandonan la rotonda para escuchar la clase del cura que hoy debe continuar el tratamiento del tema "la pena de muerte". En la clase anterior el padre Donatello señaló que la pena de muerte en algunos casos se justifica y está en armonía con el derecho natural. Nico se retiró ofendido del aula y no sabe ahora cómo va a hacer para pasar el curso obligatorio que sólo lo dicta el cura napolitano. Otros estudiantes que no tienen clase con el padre Donatello no están interesados en seguir hasta el final el hilo del torneo oratorio y prefieren ir a la biblioteca. Johny Fritze se va quedando con cuatro gatos. Pero llegan los refuerzos de Ciencias Sociales y los representantes de los trabajadores. Ezequiel Mamani, Presidente del Sindicato de Trabajadores, hace uso de la palabra e invita a los estudiantes a unirse a la marcha hacia el Ministerio de Trabajo que han programado por la tarde. Los estudiantes levantan el brazo con el puño cerrado y hacen sentir su conformidad.

Wednesday, July 12, 2006

El tatuaje de la petisa

Hace algún tiempo estuvo en estas tierras de Europa Central una petisa bonaerense que manejaba una jerigonza tan porteña que había que transportarse mentalmente al barrio de la Boca para seguirla. Fue el Gallinazo quien la trajo a nuestro grupo itinerante de musica andina, "Los Demonios de Tambopata". Justo ese día estábamos en los alrededores de las estación del metro Astoria tratando de ligar canciones del folklore andino con piezas de cumbia argentina. Pero la fortuna ese día nos daba las espaldas. El experimento de fusión musical difícilmente era bien visto por un público poco flexible como el de esta nación ex - comunista. No es que fuéramos tan malos. Al igual que Oscar Wilde, cuando nadie fue al estreno de una de sus obras, nosotros también podíamos concluir: nuestra presentación fue un éxito, el público fue un desastre. En fin, muy poca gente se había detenido a escucharnos y, por tanto, las pocas monedas que quedaron en el sombrero apenas alcanzaban para ser repartidas entre ocho imitadores de los indios del ande.

Para olvidarme del mal rato invité a la Petisa a pasear por las zonas turísticas de Budapest. Para mi sorpresa, hasta en el último recoveco por donde anduviéramos reconocía a un paisano suyo. Tratando de hacer burla de su impertinente acento porteño yo le decía: "pero ché, decíme Petisa ¿cómo hacés para reconocerlos?" Y ella me respondía: "mirá Vicuña Triste, es que nosotros nos olemos a kilómetros de distancia". Fácil sería que me reconozcan a mí o a uno de mis hermanos cabecitas negras que, como yo, pululan en las estaciones del metro atrayendo a la gente con los bucólicos sonidos andinos que salen de nuestras quenas y zampoñas. Nuestras largas e hirsutas cabelleras de Tupac Amaru sobresalen como blancos inconfundibles para los ataques de la policía migratoria y los skin-heads y las incursiones de las mujeres ecologistas. Pero una gaucha aquí se mimetiza perfectamente con las caras pálidas de los lugareños.

No escatimaba la Petisa porteña lisonja alguna para calificar la buena presencia y distinción de sus coterráneos. Cuando subimos al Bastión de los Pescadores se conoció con una rubia despampanante del barrio de San Isidro. La inmaculada belleza de esa otra porteña sólo era mancillada por una infame conformación dental que, incrustada en su boca a la manera de una hilera de puntiagudos colmillos, le daba un inefable aspecto de Tigre Dientes de Sable. Inmediatamente sentí el choque social y la lucha de clases entre las dos ninfas platenses, pues la Petisa era oriunda de la zona de Chacarita, la cual, deduzco, debe ser un barrio con pergaminos maradonescos y muy distante del aristocrático San Isidro de la rubia Dientes de Sable. Cada cierto tiempo, cuando la Dientes de Sable hablaba con su novio - un gringo de Kentucky de modales y gestos caballunos – la Petisa me susurraba al oído: "! Ché, es que no soporto a esta cheta y al boludo de su novio yanqui!" La Dientes de Sable no se inmutaba frente a los desplantes de la Petisa y describía en forma maniática los planes que tenía para llevar a cabo su próxima boda en Buenos Aires. "Tanto tenemos que laburar nosotros y esta cheta habla de su boda como si fuera la hija del turco Menem" – me dijo la Petisa con un gesto que reflejaba la raigambre patibularia de sus ancestros sur italianos.

Por fin la Dientes de Sable se dio cuenta de que ya no era conveniente seguir haciendo aspavientos de su condición de bien nacida pues sus desvaríos habían cumplido el objetivo de despertar más que el odio de clase de la Petisa. Para bajar la tensión dijo a ésta con un aire despectivo y una sonrisa socarrona: "Cuando te levantaste la falda en el baño vi que tenías un extraño tatuaje en la nalga. Me parece que es una figura mágico-religiosa. Una vez estuve en Perú y vi en un museo unas cerámicas con figuras que representaban deidades mitológicas con rasgos zoomorfos que inspiraban terror y admiración. Tu tatuaje me recuerda a una de esas figuras. Decíme, ¿El que te lo hizo se inspiró en el imperio de los incas de tu amigo Vicuña Triste?".

La Petisa se quedó con la boca abierta. Su rostro comenzó a adoptar los gestos preparatorios del lloriqueo. Pero frenó las lágrimas y se echó a reír a carcajadas. "!Calmáte, ché, estás loca Petisa! Mirá que te comportás como si estuvieras drogada" - la regañó la Dientes de Sable.

Ché, vos sos cheta pero no sabés de qué estás hablando" - respondió la Petisa . "Miren bien el tatuaje" – díjonos levantándose la falda y mostrando la figura medio angelical y medio diabólica que tenía adherida a su nalga izquierda sin inmutarse ante la presencia del camarero que nos servía la tercera rueda de vodka tonics. "Desde que cumplí los 15 años tengo este tatuaje. Me lo hizo un negro vuduista que conocí en Salvador de Bahía. Me dijo que esta figura es una divinidad africana andrógina que está a medio camino entre el bien y el mal; y que marcará mi vida y no podré alejarme nunca de su guía".

"!Bah, dejáte de pavadas!" - interrumpió la Dientes de Sable – "mejor cambiemos de tema de conversación porque ya me estás aburriendo. De tanto andar con negros e indios te has vuelto tan mística. ¿Qué hacés aquí? Habláme mejor de por qué estás acá Petisa".

"Precisamente por el tatuaje" – se apuró en responder la Petisa. "Hace poco llegó a Buenos Aires Attila, un amigo del Gallinazo, y no sé por qué pero me quedé pasmada al ver su semblante. Se parecía increíblemente a la figura del tatuaje. No opuse mayor resistencia a su seducción y, viste, por eso estoy aquí. Pero, si en Buenos Aires se hacía pasar como ángel, acá se ha comportado como demonio. Desde que llegué me ha estado esquivando. La única vez que pude convencerlo de que se acostara conmigo no quiso hacer el amor porque se decepcionó al darse cuenta de la abundancia de mi bello púbico. Dice que aquí todas las mujeres se afeitan el coño. Pero yo creo que son pretextos. Hasta me quiso engañar que es maricón para que no estuviera persiguiéndolo. Para liberarse de mí no ha tenido mejor idea que ponerme en manos del ave carroñera, ese chulo a quien llaman el Gallinazo".

Para calmar la amargura de la Petisa, sugerí a todos ir a visitar a una amiga cubana santera, a quien, por su pelo ensortijado que evoca sus lejanas raíces africanas, sus paisanos la llaman la "javada" . "Esa cubana sabe mucho de cábalas, divinidades africanas y premoniciones. Seguro que nos va a alegrar la noche con sus interpretaciones alegóricas de tu tatuaje" – aseguré a la Petisa para convencerla.

Desde que la Javada la vio entrar a su casa le mostró cara de pocos amigos. A fin de poner atajo a la mutua animadversión y romper el hielo, planteé sin mayores preámbulos el asunto a la Javada santera: "Mira el tatuaje de esta muchacha, es muy interesante. Si supieras la historia que se esconde detrás de él. La he traído aquí para que hagas una interpretación de la figura de acuerdo a tus conocimientos de santería, religión yoruba y todas esas brujerías afrocaribeñas que tu dominas".

La Javada prefirió escudriñar primero los ojos de la Petisa antes de analizar la figura del tatuaje y pronunciar su veredicto. Repentinamente, con un revolucionario gesto fidelista, cortó su pacífica observación lanzando filudas palabras de callejón habanero: "Chico echa p´acá y atiende un momentico lo que te voy a decir. Esta muchacha no es más que una descarada. Incluso en la Cuba rezingada de Castro las únicas personas que yo he visto que llevan tatuajes son los marineros y las jineteras. La señorita no tiene traza de marinero, entonces es una …" En ese preciso instante la interrumpió la Petisa y ya parecía que había cargado su alma con la rabia de un hincha frustrado del Boca Juniors cuando se le fue encima espetándole: "!Vos sos una cubana ordinaria, cómo te atrevés a decirme esas cosas sin conocerme. Andá a laburar buscapié!" Y luego, dirigiéndose a mí en tono de madre de la Plaza de Mayo, me lanzó una severa reprimenda: "!Y vos no te quedés ahí parado sin decir nada, Vicuña Triste! ¡ Sos un boludo, cómo dejás que esta huaranga se atreva a decir todas esas barbaridades!"

Para evitar que la sangre llegue al río, opté por sacar a la endiablada Petisa del escenario y entregarla de vuelta al Gallinazo, a fin de que haga de ella una mujer de provecho, conforme se lo había encomendado el demonio angelical del tatuaje.

Luego de algunos días recibí una llamada desde Amsterdam: "Ché, soy yo, la Petisa, la del tatuaje, ¿no te acordás de mí? ¡mirá qué cabezota tenés! Te hablo desde la ciudad de los tulipanes. Trabajo aquí en el bar latino El Gallinazo que se acaba de inaugurar. Soy la única sudamericana. Mis compañeras son modelos venidas de Europa Oriental. Pero yo tengo más atractivo que ellas. Todos los clientes se quedan maravillados al ver mi tatuaje". "¿Y cómo hacen para ver ese tatuaje que tienes tan bien escondido debajo de la falda?" – le pregunté tratando de no soltar el teléfono móvil de mi oreja izquierda. Ya el público del Metro Astoria estaba concentrándose alrededor de nosotros y por fin nuestra fusión de música andina y cumbias argentinas parecía que comenzaba a pegar. La Petisa cortó la llamada no sin antes despotricar de mi cabellera larga, mi baja estatura de hombre del ande, mis absurdos arreglos musicales y, por supuesto, mis preguntas impertinentes.

Thursday, July 06, 2006

Domingo Triste o Morir de Amor

Raúl Benavides, un virtuoso pianista y hombre enciclopédico nacido en Arequipa, me había recomendado un filme alemán que aborda por enésima vez el tema del holocausto judío en la Europa de la segunda guerra mundial. No le tomé mucha atención a su recomendación. Él es muy exquisito y siempre anda buscando las novedades alternativas al monopolio yanqui de la industria cinematográfica. El sábado había visto "Munich" y, por tanto, ya estaba un poco empachado con el recurrente tema de los pleitos entre moros y judíos. El escándalo de las caricaturas danesas que "ofenden" las creencias de los musulmanes contribuía aún más a alejarme de los dilemas de los europeos referidos a su traumática relación con las religiones monoteístas no cristianas. Los alemanes, en particular, no se cansan de purgar sus culpas. Hace pocos años movieron cielo y tierra para que le den el premio Nóbel de Literatura a un desconocido escritor húngaro judío, Imre Kertész, quien ha escrito en alemán varias novelas en las que aborda los horrores de la persecución y el exterminio de sus congéneres. Sin embargo, el filme recomendado por Raúl es de otro corte. Su título en español es La canción del pianista. El holocausto de los judíos húngaros es el pretexto para abordar las complejas reacciones de los seres humanos frente al lenguaje del amor. En este contexto, sólo la música, y no el lenguaje racional, permite llegar a los meandros del corazón.

En esta historia el propietario judío de un restaurante de Budapest forma un trío amoroso con una bella magiar, Ilona, y un desconocido, aunque brillante, pianista quien conmueve hasta el tuétano a quienes tienen el privilegio de escucharlo cuando interpreta un tema de su creación: Traurige Sontag. Domingo triste. Muchas personas llegan a suicidarse luego de escuchar de manera reiterada esta melodía que, como una droga adictiva, penetra en las zonas más oscuras del alma hasta hacer que el placer y el dolor se fundan y se disuelvan en la nada. Un rústico empresario alemán cae embelesado también ante la contagiante melodía, la cual acompaña su irrefrenable deseo por poseer a Ilona y su gusto insaciable por un plato que se prepara en aquel Restaurante de la Budapest que estaba ad portas de abrazar el nazismo. La muchacha se comporta como una Dona móvil, como una pluma en el viento. Juega con todos. Termina haciendo que el dueño judío del Restaurante y el virtuoso pianista se pongan de acuerdo para compartirla. No había sitio para un tercero. El alemán prisionero de la depresión amorosa y de la melodía intenta suicidarse. El judío lo salva. No sabía que su gesto altruista a la larga le costaría su propia vida. Tiempo después, con la ocupación nazi, regresa el alemán, esta vez como militar. Tiene a su cargo la captura y deportación de los judíos. Al final, el restaurateur no puede evitar ser mandado a Auschwitz. Por su parte, el pianista es víctima de su amor por Ilona y de su propia melodía. No tiene más remedio que quitarse la vida. Tras la guerra el alemán regresa a casa. Hace fortuna con lo robado a los judíos. Vuelve 50 años después a Budapest al mismo restaurante del pianista y de Ilona, quien sigue viva. Pide que le toquen la pieza maldita. Debía morir como todos los demás escuchando "Traurige Sontag"

"Traurige Sontag", "gloomy sunday", "domingo triste", suena un poco frío, pero en ningún caso tan helado como para inducir al suicidio. ¿Tal vez en húngaro esa canción podría conmover más: "Szomoru Vasárnap"? No lo sé. Lo que es asumido como cierto en Hungría es la propensión de este pueblo a la melancolía suicida. Detrás de la aparente dureza de los habitantes de la pequeña nación magiar se agita un mundo espiritual en permanente ebullición, que lleva a muchos a optar por la autodestrucción. Sin proponérselo directamente el realizador del filme ha hurgado en ese lado tan poco entendido del alma magiar. Un gran poeta húngaro, Attila Joszef, comunista utópico, melancólico, una suerte de Vallejo centroeuropeo, optó por quitarse la vida. Como él, muchos de sus connacionales ni siquiera encontraron en el arte una vía de escape. En algunas culturas el arte constituye una forma de sublimación de las tensiones y frustraciones de la vida cotidiana. Tal parece que este es el caso de los cubanos, quienes a punta de salsa y pachanga, si no logran alcanzar la tierra del imperio, logran calmar sus frustraciones. Por el contrario, en otros pueblos la emoción estética más bien induce al encuentro de Eros y Tánatos.

Yo alguna vez fui contagiado del virus de la depresión magiar. En Moscú, una húngara, Ilona como la muchacha de la película, me hizo prisionero de su mirada hipnotizante. Al igual que la de la ficción, esta Ilona hacía juegos de celos que me carcomían el alma de a poquitos. No tenía reparos en contarme con lujo de detalles la atracción fatal que despertaba en más de un amante con las defensas bajas. A diferencia de los galanes de la película, yo no podía aceptar el principio de "amar es compartir". La relación terminó a palos. Llegó a llamarme "rata inmunda" en respuesta a mi "pestilente enfermedad de los celos" (Cervantes dixit). Su crueldad no tenía parangón. Un día, precisamente un 14 de febrero, me pidió que la esperara en la puerta del edificio donde vivía con su familia en Moscú. Fue la noche más fría que experimenté durante mis cuatro años en Rusia. Y no solamente porque el termómetro marcaba los -30 grados. Estaba a punto de congelarme cuando bajó, con más de una hora de retraso, y lo primero que hizo fue hablarme con fruición de la conversación telefónica que acababa de sostener con su ex novio austriaco. Casi me desmayo. No tenía ni ganas de recriminarla. Salí caminando como enajenado en medio de la tormenta de nieve. La muchacha era más que complicada. Años después la vi en Budapest totalmente transformada. Tenía el cabello rapado, tatuajes y varios aretes en las orejas y en la nariz. Cuando la conocí tenía 19 años. Me parecía una "sirena de mar rugiente, de tu cariño soy su sirviente" . Pero aquella vez estaba transformada. Si antes tenía un ligero aire caballuno, ahora había adoptado una conformación muscular totalmente equina. Se había vuelto lesbiana (tal vez porque las mujeres podían entender mejor su contradictorio lenguaje de placeres y dolores). En el ínterin, supongo que rompió el corazón de varios o de "varias". No era aficionada a las melodías de piano como Traurige Sontag". Gustaba el rock de la banda irlandesa U2, particularmente esa canción "I still haven´t found what I am looking for". No sé si hoy ya ha encontrado lo que anda buscando.